En una de las calles antiguas de Bogotá, donde el tiempo parece haberse detenido y los ecos de la historia aún resuenan entre los muros de cal y piedra, se alza una casa que pocos se atreven a mirar de frente. La llaman La Casa de los Siete Balcones, no por el número de sus aberturas, sino por la presencia persistente de siete sombras que, dicen, aún se asoman cuando la luna llena se posa como un ojo triste sobre la ciudad.
Sus muros coloniales parecen respirar con cada viento frío. Las rejas de hierro forjado están oxidadas por la lluvia y el llanto. Los balcones de madera tallada, cada uno con su historia y su espíritu, son testigos de un drama que no encontró consuelo en el tiempo ni en la muerte.
Cuentan los viejos del barrio que allí vivió don Anselmo, un hombre de fortuna heredada y corazón endurecido. Gobernaba su casa como un reino absoluto, con una mezcla de honor rancio y tiranía cotidiana. Padre de siete hijas tan bellas como infortunadas, convirtió su hogar en una prisión adornada, donde la juventud y la ilusión se marchitaban tras barrotes disfrazados de flores.
Las hermanas —Ángela, Sofía, Lucía, Elena, Margarita, Rosa y Gabriela— eran el alma de aquella casa triste. Educadas para agradar, para bordar, para sonreír desde la distancia, nunca pisaron la calle sin permiso ni conocieron el roce sincero del amor. Don Anselmo solo les permitía asomarse a sus balcones, como maniquíes vivos en una vitrina de la alta sociedad. Allí recibían flores, versos, y promesas que nunca se concretaban, como si el amor fuera un espectáculo que se mira, pero no se toca.
Con los años, la belleza que las hacía legendarias comenzó a desdibujarse, no por la edad, sino por la tristeza. Cada hermana cargó su propia maldición: la gordura, la calvicie, el temblor, la ceguera, la cojera, los granos, la pérdida de la risa. No fue el tiempo, sino el encierro y el desamor lo que las transformó en espectros vivos.
Y cuando finalmente don Anselmo cayó enfermo, con el cuerpo vencido por una culpa que llegó demasiado tarde, quiso pedir perdón. Pero este no florece donde el amor nunca echó raíces. Murió sin ser absuelto. Y, con el tiempo, una a una, las hermanas también murieron. No de enfermedad, sino de ausencia. De abandono emocional. De haber vivido una vida que, en realidad, nunca fue suya.
Hoy, la Casa de los Siete Balcones sigue en pie, más como advertencia que como recuerdo. Dicen que, en las noches de luna llena, las hermanas se asoman a sus balcones, no para esperar el amor, sino para llorar lo que no fue. Algunos escuchan risas suaves. Otros, gritos desgarrados. Pero todos coinciden en una cosa: no es el viento lo que gime en esos balcones… son los ecos de siete almas que aún no han encontrado descanso.
En el libro se presenta una encuesta, unas tipologías y reflexiones finales